Escribiendo, un suspiro se adueña

de la respiración cansada;

se resbalan unas lágrimas

por las pestañas de los ojos, del alma.

 

Y veo como la tinta con la que escribo

mil y unas palabras, mil y un sentir

se extiende por la inmaculada hoja.

 

No me dí cuenta hasta el final

que no solo mis ojos derramaban lágrimas;

mis dedos, también lo hacían a su compás.

 

Mis dedos sentían el corazón,

intuían ese adiós del alma

y ellos, también quisieron llorar

acompañando la tristeza de las horas.

Ya no puedo llorar más,

mis ojos no tienen más lágrimas,

ahora son las yemas de mis dedos

las que derraman esas lágrimas

entre letras con mi sentir sincero.